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Decidí superarme como la ocasión requería. Ya lo decía mi abuela de Antequera: "Mírame, Miguel, que soy bonita". Solo en mi niñez de nidos ajenos robados y nido propio ofrecido tuve tanto público. Seis pollas, seis, de la acreditada ganadería de los cincuentones, a disposición de la nena. Seis instrumentos de garañones viejos y vividos, casi seis reliquias que yo podía resucitar. Verga, levántate y anda. O, al menos, pulsa, late, inflámate. Seis inflamaciones en busca de esta autora. De estas tetas mías. De este coño.
Me desnudo despacio. Me quito la falda y permanezco una eternidad con sudadera y braguitas trajinando por el cuarto. Noto los zarcillos de seis miradas asidas a mis tobillos, a mis rodillas, a mis muslos. Me aproximo a la ventana y me saco la sudadera por la cabeza. Nunca llevo sujetador. Mis pechos quedan libres como alondras. Me gustan mis pechos. Son dulces y redondos. Medias lunas amigas. Cálidas cazoletas coronadas por areolas extensas y granulosas y pezones morenos. Me tumbo en la cama. Todavía conservo las braguitas. No deseo dispersar la atención. Mis tetas son, de momento, las reinas de la fiesta. Sostengo cada una en una mano y dejo que dedos revoltosos rocen los pezones, les den golpecillos suaves que van ganando en fuerza y les enseñen que las uñas pueden dar gusto de veras si se clavan ligeramente en el bultillo cada vez más voluminoso en que culmina cada pecho. Me encanta tocarme las tetas aunque no me miren. Si hay seis tíos espiándome ¿para qué os voy a contar? Es fuerte de veras. No conozco nada mejor. Sé que no es normal. La mayoría de las chicas quieren enamorarse y vivir una eterna luna de miel. Yo prefiero que me miren los hombres. Que me deseen. Que me espíen. Que se la meneen mirándome. Sacarles la leche si más esfuerzo que el de acariciarme yo. Mírame, Miguel, que soy bonita. Una gozada.
Me quito las braguitas muy despacio, como a cámara lenta. Las miradas de la panda de la puerta 16 golpean como puños en mi monte de Venus, trenzan los pelillos de mi pubis, chocan blandamente en los labios mayores. Cada choque, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, me invita a segregar jugos. Los segrego, me rebosan el sexo, se deslizan por mis ingles. Necesito tocarme porque sé que me estáis mirando. ¿Valgo tanto como un póquer de ases? Ved como separo las piernas. Pongo la almohada bajo mis riñones. Así me veis mejor el coño.
Va por vosotros. Comienzo a acariciarme. Me enerva frotarme el clítoris con la palma de la mano. Es un roce ligero, de los que deseas que duren y duren y que no se vayan nunca, de los que dejan con ganas de más. Me toco con ternura, golferío y desesperación entremezclados en el tacto y en la sensación. Quiero poneros muy calientes. Vamos a masturbarnos juntos ¿os parece? Separo con dos dedos de la mano izquierda el capuchón que tapa el botoncillo del placer. Mirad el botoncillo. Se llama clítoris. Ahí es donde tenemos el gusto las chicas. ¿Os pone cachondos mirarlo? ¿O preferís la abertura del coño? Aquí la tenéis. Podéis imaginar lo que os venga en gana. Solo os pido un favor. Que os corráis. Que me acompañéis. Me masturbo porque estáis ahí, mirándome o leyéndome. Me excitáis y deseo excitaros. Estoy cachonda. Pretendo poneros a mil. Si no lo consigo es que no valgo para nada. Mirad mis pezones. ¿Os gustaría morderlos? Contorneo los bordes inflamados de los labios del sexo. Acaricio con suavidad la hendidura. Separo los muslos todavía más e introduzco un dedo en la vagina. Mejor dos dedos. ¿Lo veis bien desde ahí? Estoy desnuda por fuera y por dentro, porque os estoy confesando mi verdad. Te gustaba mi culo, vecino. Aquí lo tienes. Aquí lo tenéis. Mírame, Miguel, que soy bonita. Crece la intensidad de mi desasosiego. Se espera el velo denso que me dificulta respirar. Se acelera el ritmo de los dedos dentro de mi sexo. La tensión pugna por liberarse, hierve en el cazo del cuerpo presta a derramarse, rebosa, estalla, se convierte en terremoto y gemido, en tsunami y explosión. Sé que vosotros también estáis llegando y grito, me arqueo, se me envaran los músculos en contracciones totales y cíclicas, en sacudidas poderosas que me llevan a lo más alto, y sé que vosotros llegáis conmigo, ventana con ventana, jugo con jugo, esencia con esencia, y que juntos resbalamos por la pendiente de la resaca del orgasmo.
"Mírame, Miguel, que soy bonita". Pienso que Miguel eres tú. ¿Me equivoco?