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El vecino de la puerta 16 fue Presidente de la Comunidad de Vecinos hace un par de años. Mi padre me encargó que le llevara un sobre y se lo entregara en mano. Allá que fui. Yo vestía de andar por casa, que la puerta 16 está en nuestro mismo rellano de escalera: falda vaquera por la rodilla, jersey holgado y zapatos planos. Su señora, una rubia teñida y gorda, abrió la puerta y me acompañó al despacho de su marido. Allí estaba la ventana que enfrentaba con la mía. El vecino, grueso, calvo, cincuentón, recogió el sobre y me miró de arriba abajo. Sentí una sacudida en la boca del estómago. Sí. Eso era. El vecino conocía mi cuerpo. Lo había visto muchísimas veces. Sus ojos rebuscaban ahora por debajo de la ropa, atravesaban el jersey y manchaban mis pechos. Se me endurecieron los pezones. Su mirada era sucia y ponzoñosa. Traspasaba falda y braguitas y se enredaba en los vellos ensortijados de mi sexo. Me desnudaba con la vista. Yo era consciente de que me desnudaba y me iba excitando más y más, en pie frente a él, a dos pasos de su mujer que sonreía sin percatarse de nada, totalmente ajena al subidón sexual. El tiempo parecía haberse detenido. La mirada del vecino era culebra que me serpeaba por el cuerpo, rodeaba mi cintura y se asomaba al pozo fruncido de mi ombligo. Yo me dejaba hacer, pasiva y ofrecida, disfrutando de saberme valorada como hembra y ninguneada como persona. Mírame, Miguel, que soy bonita. Cuando fue imposible alargar las frases corteses que ocultaban la sexualidad del encuentro, me di la vuelta y me viste el culo, vecino de la puerta 16. Lo viste a través de la falda vaquera, pese al grosor de la tela. Te gusta mi culo ¿verdad? Sé que te masturbas mirándolo desde esta misma habitación, con las luces apagadas, oculto tras la cortina. Te imagino cada noche, la bragueta abierta, la polla fuera, rígida y gorda, dándole a la mano porque te gusta mi culo. Separé las piernas como hacía de niña en la horcadura del cerezo. Noté como tu mirada me palmeaba el trasero, en tanto tu mujer teñida y gorda me acompañaba a la puerta y me daba recuerdos para mamá. Adiós, vecino. No eres Miguel pero casi, por muy calvo y cincuentón que seas. Me pones. Me calienta que me mires. Tú lo sabes. O lo sueñas, que viene a ser lo mismo.
El vecino de la puerta 16 juega al póquer con los amigos cada viernes y esas noches lo echo de menos. Sale. Juegan no sé donde. Menos el viernes último.
Coincidí en el ascensor con tres de sus compañeros de partida de cartas. Les vino justo para saludarme. Iban a lo suyo:"Tengo el presentimiento de que esta noche ganaré" "Yo también". Bobadas. Tonterías de hombres. Ninguno de los tres cumplía los cincuenta. Desechos de tienta.
Llegó el momento de irme a dormir. Entré en mi cuarto sin encender la luz. La ventana de enfrente estaba iluminada. Jugaban allí. Les espié un rato, amparada en la oscuridad. Eran seis en total. Jugaban, fumaban, bebían. La señora de la casa les deseó buenas noches y se retiró. Encendí la luz. De inmediato se apagó la del despacho del vecino. Como si estuvieran conmutadas. Como si el vecino les hubiera hablado a sus amigos de mí. Como si estuvieran esperándome. Como si quisieran verme desnuda.